Italia está llena de rincones fascinantes, pero hay una ciudad que, lejos del ruido de las multitudes y de los flashes frente a monumentos saturados, respira elegancia y tradición en cada esquina: Turín.
Situada al pie de los Alpes y con un aire refinado que le ha valido el apodo de la “pequeña París del Piamonte”, este destino reúne historia, arquitectura, cultura y, sobre todo, una fuerte huella en la gastronomía que nos resulta muy familiar.

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Allí nacieron el vermouth, el antecesor de nuestro sándwich de miga y la versión más delicada del vitel toné, ese clásico de las fiestas que en Turín se disfruta durante todo el año.
Una ciudad con historia y estilo propio
Turín fue la primera capital de Italia unificada y su trazado refleja la impronta de la Casa de Saboya, que trasladó aquí el centro de su poder en el siglo XVI.
Desde la Piazza Castello, con su imponente palacio y castillo, se despliegan avenidas arboladas, galerías con techos de vidrio, plazas majestuosas y cafés históricos donde todavía se respira el clima intelectual del Risorgimento.
Museos como el Egipcio, considerado el más antiguo del mundo en su temática, y teatros como el Regio o el Palazzo Chiablese completan un repertorio cultural inagotable.
Cafés donde nació el sándwich de miga
Los cafés de Turín no son simples bares, sino escenarios cargados de historia.
En el elegante Caffè San Carlo, lámparas de cristal de Murano cuelgan sobre las mesas como si fueran parte de un palacio real.
Pero el que merece un lugar especial en la memoria de los argentinos es el Caffè Mulassano.
Allí, a comienzos del siglo XX, nació el tramezzino, el pariente italiano del sándwich de miga.
El nombre proviene de la idea de “comer entre horas” y se volvió un emblema local.
Rellenos con combinaciones sofisticadas —queso de cabra con nueces, pollo con ensalada o radicchio con trufa—, cada uno se presenta envuelto en celofán con un sello dorado, como si fueran pequeñas joyas comestibles.
El ritual del vermouth
Si algo distingue a Turín es haber sido cuna del vermouth.
En 1786, Antonio Benedetto Carpano ideó una fórmula con vino moscatel del Piamonte, hierbas y especias que dio origen a esta bebida aromática.
Lo que empezó como una curiosidad pronto conquistó a personajes ilustres como Nietzsche y a líderes políticos de la unificación italiana.
Con el tiempo, se transformó en un producto icónico que cruzó océanos con la inmigración.
Hoy, marcas legendarias como Martini, Cinzano y el propio Carpano mantienen viva esa tradición.
Tomarse un vermouth con soda en una terraza de Piazza Vittorio es sumergirse en un ritual turinés que aún respira autenticidad.
Vitel toné todo el año
Para los argentinos, el vitel toné es un plato navideño que no falta en las mesas familiares. En Turín, en cambio, se disfruta en cualquier época.
Llamado vitello tonnato, se sirve con finísimas láminas de carne bañadas en una salsa cremosa de atún y alcaparras.
La preparación, ligera y aterciopelada, se convirtió en una insignia regional que todavía conecta con las costumbres que muchos inmigrantes trajeron a Sudamérica.
Más allá de la ciudad: quesos, lagos y castillos
Turín también es la puerta de entrada a experiencias únicas en la región del Piamonte.
En Arona, la familia Guffanti lleva generaciones perfeccionando el arte de la maduración de quesos en cavas subterráneas.
Cada pieza se cuida como una obra viva, con un proceso que combina técnica y pasión.
Allí conviven clásicos como el Parmigiano Reggiano con variedades menos conocidas, pero igual de intensas, como el Robiola di Pecora.
Un poco más allá aparece el Lago de Orta, más discreto que los famosos Como o Maggiore, pero igualmente encantador.
El pueblo de Orta San Giulio, con sus calles empedradas y casas antiguas, desprende un aire romántico que atrapó a escritores como Balzac y Byron.
Desde sus orillas se contempla la isla de San Giulio, donde un monasterio benedictino añade un halo de misterio y calma.
Hacia el sureste, la postal cambia con el castillo de Grinzane Cavour, una fortaleza medieval rodeada de viñedos que produce vinos tan prestigiosos como el Barolo y el Barbaresco.
En los alrededores, las trattorias familiares invitan a descubrir la cocina piamontesa más auténtica.
La Ostería Da Gemma, atendida por una nonna que cocina como si alimentara a sus nietos, ofrece un menú que incluye salames caseros, ensalada rusa, vitel toné y los célebres tajarín, pastas frescas que se elaboran con paciencia y cariño.
Una experiencia que une culturas
Turín no es solo una ciudad monumental ni un simple destino turístico.
Es un lugar donde la historia dialoga con la vida cotidiana y donde cada esquina recuerda el vínculo con la cultura rioplatense.
El vermouth, el sándwich de miga y el vitel toné no son simples coincidencias gastronómicas: son parte de un legado que viajó con los inmigrantes y encontró en nuestra mesa un segundo hogar.
Tips y consejos:
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Una forma práctica de conocer varios atractivos es adquirir la Torino+Piemonte Card, que incluye museos, castillos y residencias reales.
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Para moverse, los abonos de transporte público por 48 o 72 horas son una opción económica y cómoda.
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A la hora de comer, alterná entre los cafés históricos y las trattorias familiares: en ambos encontrarás la esencia de la ciudad.
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Si te gustan los vinos, reservá una visita a la región de Langhe, famosa por su uva Nebbiolo.
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Para quienes buscan experiencias menos turísticas, el Lago de Orta y los pequeños pueblos piamonteses son joyas escondidas.
En definitiva, Turín es un destino donde la elegancia se mezcla con la sencillez, y donde cada bocado cuenta una historia compartida con nuestra propia cultura.
Viajar allí es reencontrarse con raíces familiares y descubrir que, más allá de los Alpes, hay una ciudad que late en sintonía con nuestras costumbres.
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