A fines del siglo XIX y comienzos del XX, miles de familias italianas quedaron separadas por el mismo motivo: la necesidad.
Primero partía el padre, generalmente con la esperanza de conseguir trabajo, ahorrar algo de dinero y preparar el camino.

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Meses después, si todo salía bien, llegaba una carta con unas pocas palabras que podían cambiarlo todo: “Vengan. Ya conseguí dónde vivir”.
Historias como la de Teresa se repitieron en numerosos pueblos de Italia. Su marido había partido hacia Argentina más de un año antes.
Había dejado atrás a su esposa, dos hijos pequeños y una casa modesta en un pueblo del sur italiano.
Su promesa era regresar, pero con el paso de los meses comprendió que sería más posible construir una nueva vida en América que volver con suficiente dinero.
La comunicación era lenta. No existían llamadas ni mensajes instantáneos. Una carta podía tardar semanas y, durante ese tiempo, la familia solo podía esperar.
Finalmente llegó la noticia que Teresa esperaba.
Su marido había conseguido trabajo y alquilaba una pequeña habitación. No era mucho, pero alcanzaba para empezar. Dentro del sobre también había dinero para ayudar con los pasajes.
Teresa tomó entonces una decisión enorme para una mujer de aquella época: viajar sola con sus hijos al otro lado del océano.
Preparó pocas pertenencias. Ropa, algunas fotografías, documentos, alimentos para los primeros días y objetos que tenían más valor sentimental que económico. Una parte del equipaje viajaba dentro de una valija rígida; otra, en bolsas cuidadosamente atadas.
Detrás quedaban familiares, vecinos y lugares que probablemente nunca volvería a ver.
El viaje comenzó mucho antes de subir al barco. Había que llegar hasta el puerto, completar controles y encontrar el buque indicado entre cientos de pasajeros que cargaban equipajes similares. Muchas familias llevaban etiquetas con sus destinos escritas a mano.
Una vez a bordo comenzaba la parte más difícil.
La travesía hacia Sudamérica podía durar varias semanas. Las condiciones dependían mucho del barco y de la clase en la que se viajara. Para los inmigrantes con menos recursos, el espacio era reducido y la privacidad prácticamente inexistente.
Teresa tenía además una preocupación permanente: sus hijos.
Había que alimentarlos, mantenerlos abrigados durante las noches, evitar que se alejaran entre la multitud y tratar de tranquilizarlos cuando el movimiento del barco se volvía más fuerte.
Cada mañana significaba estar un día más cerca.
Argentina era todavía una idea construida a partir de las cartas de su marido. Teresa no conocía Buenos Aires ni hablaba correctamente español. Sabía solamente que, del otro lado, alguien la estaba esperando.
Cuando finalmente el barco se acercó al puerto, los pasajeros comenzaron a buscar tierra desde la cubierta.
Para algunos significaba el final del viaje. Para otros, apenas el comienzo.
Teresa bajó con sus hijos y sus pocas pertenencias entre decenas de familias que intentaban orientarse en una ciudad desconocida. Después de meses de separación, volvió a encontrarse con su marido.
Pero el reencuentro no significaba que las dificultades hubieran terminado.
La vivienda era pequeña, el dinero escaso y había que adaptarse rápidamente. Él trabajaba largas jornadas. Teresa comenzó a ocuparse de la casa y, como hicieron tantas inmigrantes italianas, buscó también maneras de aportar algunos pesos: cosiendo, lavando ropa, preparando comida o ayudando a otras familias.
Los hijos crecieron hablando español fuera de casa y escuchando italiano puertas adentro. Con los años llegarían nuevos trabajos, mudanzas y generaciones que conocerían Italia principalmente a través de relatos.
La historia de Teresa no pertenece a una única mujer. Representa el recorrido de miles de esposas y madres italianas que atravesaron el Atlántico llevando niños de la mano, unas pocas pertenencias y la esperanza de volver a reunir a sus familias.
Muchas nunca regresaron al pueblo donde habían nacido. Sin embargo, conservaron recetas, palabras, fotografías y costumbres que todavía sobreviven en sus descendientes.
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