Estas costillitas son de esas recetas que se hacen despacio y se disfrutan sin apuro.
Quedan bien doradas por fuera, tiernas por dentro y con un glaseado intenso que se carameliza durante la cocción.

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Son ideales para una comida especial, una juntada de fin de semana o cuando querés lucirte sin complicarte demasiado.
Ingredientes
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1,5 kg de costillas de cerdo
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Sal fina, a gusto
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Pimienta negra, a gusto
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1 cucharadita de pimentón dulce
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1 cucharadita de ajo en polvo
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2 cucharadas de aceite de oliva
Para el glaseado:
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4 cucharadas de kétchup
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3 cucharadas de miel
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2 cucharadas de azúcar mascabo
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2 cucharadas de salsa de soja
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1 cucharada de mostaza
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1 cucharadita de vinagre de manzana
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Pimienta negra, a gusto
Preparación
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Retirá la membrana fina que suelen traer las costillas del lado del hueso para que queden más tiernas.
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Salpimentá las costillas por ambos lados y espolvoreá con pimentón y ajo en polvo.
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Colocalas en una fuente grande para horno, pincelalas con aceite y cubrilas bien con papel aluminio.
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Llevá a horno precalentado a 170 °C y cociná durante 1 hora y media, hasta que la carne esté bien tierna.
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Mientras tanto, prepará el glaseado mezclando en un bowl el kétchup, la miel, el azúcar mascabo, la salsa de soja, la mostaza y el vinagre.
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Retirá las costillas del horno, sacá el papel aluminio y pincelá generosamente con el glaseado.
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Subí la temperatura del horno a 200 °C y volvé a llevar las costillas destapadas durante 20 a 30 minutos.
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Durante ese tiempo, pincelá un par de veces más para que se forme una capa bien brillante y pegajosa.
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Cuando estén bien doradas y caramelizadas, retiralas del horno y dejalas reposar unos minutos antes de cortar.
Tips y consejos:
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Cocinarlas tapadas al principio es clave para que queden realmente tiernas.
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El azúcar mascabo aporta un sabor más profundo, pero podés usar azúcar común si no tenés.
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Si querés un sabor más intenso, dejá las costillas con el glaseado una noche en la heladera antes de la cocción.
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Acompañan perfecto con papas al horno, ensalada coleslaw o una ensalada fresca.
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Si las hacés a la parrilla, usá el mismo glaseado y pincelá solo al final para que no se queme.
El resultado es una carne suave que se despega casi sola del hueso y un glaseado oscuro, brillante y lleno de sabor, ideal para comer con las manos y disfrutar sin culpa.
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